
Para no detenerme demasiado en el tema eléctrico, baste decir que un abanderado de esta práctica fue el psiquiatra italiano Ugo Cerletti, quien empezó a aplicar corriente para aliviar la depresión severa a pacientes que llegaban a su clínica neuropsiquiátrica de Génova. Otro partidario de esta práctica fue el psiquiatra vienés Julius von Wagner-Jauregg, quien -según el experto Roy Porter- la aplicaba “para tratar el nuevo trastorno conocido como neurosis de guerra”. Fue precisamente Wagner-Jauregg quien además “descubrió que la infección artificialmente inducida de malaria era un tratamiento eficaz contra la parálisis general progresiva”. Como bien recuerda Porter en su Breve historia de la locura, ese hallazgo le permitió convertirse en el primer y hasta ahora único psiquiatra que obtiene el premio Nobel.

La historia de la psiquiatría incluye episodios que ahora pueden parecer delirantes. “En la década de 1920 las terapias de sueño prolongado inducido por barbitúricos gozaron de un peligroso prestigio”, señala Porter. En la década siguiente, el austríaco Manfred Sakel desarrolló una terapia contra la esquizofrenia que consistía nada menos que en aplicar insulina al paciente hasta ponerlo en coma. De hecho, este mal tan frecuente y riesgoso ha despertado las teorías más extremas. Una de las más radicales fue la de Ladislaus Joseph von Meduna. Este psiquiatra húngaro notó que los ataques de epilepsia causaban una leve mejoría en sus pacientes con esquizofrenia. Entonces postuló que valía la pena inducir ese tipo de convulsiones para obtener alivio. “Von Meduna trabajó con epilépticos y desarrolló diversos tratamientos de choque en los que un fármaco parecido al alcanfor actuaba como agente convulsivante y producía ataques tan violentos que a veces los pacientes sufrían fracturas de huesos”.

Si esto ya parece fuerte, queda por citar algunos episodios de la neurocirugía que bien podrían parecer extraídos de una película de terror. La idea de que una intervención quirúrgica en el cerebro podía ayudar en el tratamiento de la depresión se extendió en los años 30 del siglo pasado. Algunos casos al parecer exitosos llegaron a entusiasmar a la comunidad científica. Pero nada al punto que alcanzó el neurólogo estadounidense Walter Freeman, del Hospital Universitario de la Universidad George Washington. “A veces incluso con ayuda de un picahielos ordinario insertado a través de la cuenca del ojo y con unos cuántos golpes de un martillo de carpintero, Freeman llegó a despachar hasta cien lobotomías transorbitales a la semana; en total llevó a cabo unas 3.600 –señala Porter-. Para 1951 más de 18.000 pacientes en los Estados Unidos habían sido sometidos a lobotomía antes de que esta práctica fuera desplazada debido a las crecientes dudas sobre su eficacia y a la revolución farmacológica”.

Debo decir que hace unos años, tras un reportaje sobre la esquizofrenia, comprendí que las medicinas modernas permiten controlar bastante bien estos trastornos. El trabajo de psiquiatras y neurólogos está años luz de lo que se sabía entonces. Y aun así me causa escalofríos pensar en lo que pasan o debieron pasar muchas personas que no tuvieron acceso a servicios de salud de calidad. Hubo abusos tan fuertes en la ciencia, yo no sé.

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La historia de la psiquiatría incluye episodios que ahora pueden parecer delirantes. “En la década de 1920 las terapias de sueño prolongado inducido por barbitúricos gozaron de un peligroso prestigio”, señala Porter. En la década siguiente, el austríaco Manfred Sakel desarrolló una terapia contra la esquizofrenia que consistía nada menos que en aplicar insulina al paciente hasta ponerlo en coma. De hecho, este mal tan frecuente y riesgoso ha despertado las teorías más extremas. Una de las más radicales fue la de Ladislaus Joseph von Meduna. Este psiquiatra húngaro notó que los ataques de epilepsia causaban una leve mejoría en sus pacientes con esquizofrenia. Entonces postuló que valía la pena inducir ese tipo de convulsiones para obtener alivio. “Von Meduna trabajó con epilépticos y desarrolló diversos tratamientos de choque en los que un fármaco parecido al alcanfor actuaba como agente convulsivante y producía ataques tan violentos que a veces los pacientes sufrían fracturas de huesos”.

Si esto ya parece fuerte, queda por citar algunos episodios de la neurocirugía que bien podrían parecer extraídos de una película de terror. La idea de que una intervención quirúrgica en el cerebro podía ayudar en el tratamiento de la depresión se extendió en los años 30 del siglo pasado. Algunos casos al parecer exitosos llegaron a entusiasmar a la comunidad científica. Pero nada al punto que alcanzó el neurólogo estadounidense Walter Freeman, del Hospital Universitario de la Universidad George Washington. “A veces incluso con ayuda de un picahielos ordinario insertado a través de la cuenca del ojo y con unos cuántos golpes de un martillo de carpintero, Freeman llegó a despachar hasta cien lobotomías transorbitales a la semana; en total llevó a cabo unas 3.600 –señala Porter-. Para 1951 más de 18.000 pacientes en los Estados Unidos habían sido sometidos a lobotomía antes de que esta práctica fuera desplazada debido a las crecientes dudas sobre su eficacia y a la revolución farmacológica”.

Debo decir que hace unos años, tras un reportaje sobre la esquizofrenia, comprendí que las medicinas modernas permiten controlar bastante bien estos trastornos. El trabajo de psiquiatras y neurólogos está años luz de lo que se sabía entonces. Y aun así me causa escalofríos pensar en lo que pasan o debieron pasar muchas personas que no tuvieron acceso a servicios de salud de calidad. Hubo abusos tan fuertes en la ciencia, yo no sé.

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